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La nada y el sentido


Históricamente, diferentes corrientes filosóficas han concebido el conocimiento como el camino para llegar a la virtud. Uno de los posibles razonamientos podría ser el siguiente: la filosofía, tras el esclarecimiento de los fundamentos de la realidad en sus diferentes planos, llegaría al sentido de la misma y, con ello, al sentido de la vida, de nuestras vidas, pues formamos parte de dicha realidad. Es decir, tras la elucidación de los fundamentos de la moral, de la lógica y de la matemática; tras la comprensión de la naturaleza de la consciencia y del libre albedrío, de nuestra relación con el mundo exterior y de los límites del conocimiento; tras la aprehensión del ser en cuanto tal, llegaríamos a la realidad en sí, a su substancia, y ello nos permitiría llevar una vida acorde con la forma del mundo, con aquello que subyace. El magnetismo de dicha idea, de su belleza, es realmente grande. A día de hoy, de manera explícita o no, muchas personas la comparten. A continuación, daré mi opinión al respecto. 

Parto, siguiendo a la filósofa Ayn Rand, de lo evidente, de aquello que se explica por sí mismo: hay existencia y cada cosa es lo que es, y sólo lo que es. Sabemos que algo no puede ser rojo y verde a la vez, por ejemplo. Esto, que podríamos denominar en términos absolutos como el límite superior de lo elemental, es conocido como principio de identidad, comúnmente representado como A = A. Sin embargo, pienso, ni siquiera es un principio o un postulado, pues A = A, más allá de los signos que lo expresan, más allá de la comprensión de los mismos, no aporta nada, no dice nada. Pensar en la lógica inherente a A = A sería como dejar la mente en blanco. No hay contenido alguno. Insisto, todo está en el significado de los símbolos, no hay nada más allá. Ésta es la clave de mi planteamiento. 

La consistencia lógica descansa en el principio de identidad, en lo que subyace bajo ese principio. Es decir, descansa en nada, y ello, en mi opinión, indica la inexistencia de una forma lógica, de una estructura trascendente. Pues si hubiera una estructura, un modo de darse del mundo, éste, por sí mismo, nos diría algo, podríamos inferir su aspecto. Además, hablamos de un ente que nadie ha experimentado. Sin embargo, sabemos que el universo es consistente en tanto que nos resulta inteligible y podemos describirlo con modelos de naturaleza matemática. ¿No apuntaría esto a un principio rector, a una lógica inherente? De haberla, sería el final del trayecto filosófico.


No es necesario ningún principio rector para explicar el orden en el universo:

Sabemos por la ciencia que el universo está configurado desde la unicidad. Pese a su enormidad y su complejidad, pese a que discriminamos entre diferentes entes en función de determinadas relaciones causales (ej.: relaciones causales entre las partículas que conforman una silla, una montaña o una galaxia), el universo es una sola cosa, un solo objeto. Incluso nosotras las personas, más allá de nuestra consciencia y libre albedrío, más allá de nuestra individualidad, formamos en última instancia parte de dicho objeto. Hay una regularidad, una coherencia en cómo determinado punto afecta a otro (principio de causalidad), pero esto no se debe a que exista un principio rector que rija el acontecer de cada uno de ellos, sino a que todos los puntos forman parte de lo mismo. La realidad es un continuo. La causalidad es el principio de identidad aplicado al comportamiento de los objetos, pues una cosa sólo puede comportarse de una manera: como sí misma (como apuntó Ayn Rand).

La causalidad no es una invención humana, un entrelazamiento necesario que sólo existe en nuestra imaginación, como opinaba Hume. Existe fuera de nuestras mentes. Es más, es lógicamente necesaria, dada la unicidad del universo. No es ninguna ley, ni siquiera la forma de la ley, como apuntó Wittgenstein. Es la consecuencia lógica de lo que subyace bajo A = A, es decir, de nada. Esto último de “nada” suena extraño pero, ¿cuál sería la alternativa? ¿Qué modo de ser tendría dicha alternativa?

El cómo se generó el universo forma parte del objeto de la física, y la filosofía sólo puede dedicarse a esclarecer el no-sentido del mismo.

Entonces, si no existe una forma lógica, una estructura, ¿qué sería aquello que consideramos como los efectos de la misma? Me refiero, por ejemplo, a la lógica de enunciados y a las proposiciones matemáticas. Opino que no serían sino una combinación de signos referentes a objetos y relaciones respetando el principio de identidad. Pensemos en las matemáticas. Llegamos al número, al concepto de número, a partir de la vivencia de lo uno y lo múltiple, que nos lleva a la idea de cantidad. A partir de ahí, representamos cosas que se pueden hacer con objetos: añadir, quitar, agrupar, etc. Se trata de una mera representación de hechos de naturaleza cuantitativa o, desde otro ángulo, del componente cuantitativo de un hecho. Cuestión distinta son las diferentes herramientas (convenciones) que utilizamos: agrupación de diez en diez (sistema decimal), la representación de funciones en el eje de coordenadas cartesianas o el concepto de infinito, entre otras. La idea de las matemáticas como lenguaje de la naturaleza es una inane apelación a lo trascendente. No es necesaria la idea de trascendencia para explicar la realidad. 

Ya en el límite exterior de este artículo -prácticamente pertenecería a otro-, apuntar que, la respuesta sobre el sentido de la vida –en caso de que la pregunta tuviera algún sentido- estaría no fuera, sino dentro de quien se interroga sobre el mismo, dada su naturaleza autoconsciente. Habría que tirar de ese hilo: qué clase de existencia es la de aquel ser que se pregunta sobre la misma.


Me temo que, filosóficamente hablando, el conocimiento está sobrevalorado.


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